Aguijón Theater de Chicago sobre ‘La muerte y la doncella’: «La obra sigue doliendo porque las dictaduras no son pasado: sus heridas siguen abiertas hoy»

El Corral de Comedias acoge los próximos 21 y 22 de marzo La muerte y la doncella, en una nueva versión de la compañía estadounidense Aguijón Theater, referente del teatro latino en Chicago.

Una entrevista de Gabriel Pérez de Castro

Estrenada originalmente en 1991, La muerte y la doncella, considerada un clásico contemporáneo del teatro latinoamericano, llega ahora a Alcalá en esta nueva puesta en escena dirigida por Sándor Menéndez y Marcela Muñoz, con un elenco formado por intérpretes latinoamericanos afincados en Estados Unidos. La obra, que explora las heridas de las dictaduras, la memoria y la ambigüedad moral, se presenta en España dentro de la programación que impulsa la presencia de creadoras y compañías latinoamericanas en el Corral. Conversamos con su equipo artístico con motivo de este esperado reencuentro con un texto que, más de treinta años después de su estreno, sigue siendo «dolorosamente» vigente.

PREGUNTA: En una primera lectura, ¿cuál fue vuestra mirada sobre el texto? ¿Qué os impactó al leerlo por primera vez? Realizasteis un montaje con anterioridad. ¿Qué fue lo primero que os surgió entonces?

MARCELA MUÑOZ: Efectivamente la primera vez que la montamos fue en 2017. Aunque la obra es de principios de los 90 (se estrenó por primera vez en 1991), sigue siendo dolorosamente vigente. En 2017 ya nos interpelaba mucho; ahora, al volver a entrar en ella, nos golpea aún más, por lo que dice sobre las dictaduras y las secuelas que dejan. Antes hablábamos de nuestros países en Latinoamérica; hoy todo esto está plenamente presente aquí. Vimos, por ejemplo, en Estados Unidos (y en Chicago en particular), cómo el gobierno llegó a raptar gente en la calle.

“El teatro nos permite mirar de frente lo que un país intenta olvidar: las heridas siguen ahí, aunque cambie el tiempo y el lugar”


SÁNDOR MENÉNDEZ: Es un monumento del teatro latinoamericano. Cualquier dictadura, de derechas o de izquierdas, deja huellas en quienes la sufren. Yo viví una dictadura de 30 años: primero pintada de revolución y luego convertida en lo que es; con desapariciones, presos políticos y jóvenes represaliados. Como creadores, el equilibrio que hemos encontrado nos permite hablar de temores, rastros y traumas. Y, además, como intérpretes, es una obra deliciosa de actuar: tres personajes, llenos de retos y matices, un regalo y un desafío para cada uno de nosotros.

P: Justo quería preguntaros por eso. Se representa una herida muy profunda; ¿Cómo de grande es el reto a nivel interpretativo?

M.M.: En mi caso, el personaje atraviesa todas las emociones en 90 minutos. Sí, es un reto, pero también algo que agradezco como actriz. Además, con los años, una va cambiando y encontrando matices nuevos. Lo que vi en 2017 no es lo mismo que encuentro ahora, en 2026.

S.M.: A mí me gusta mucho trabajar este personaje: un hombre justo, o aparentemente justo, con grandes contradicciones. Se enfrenta a la realidad de pareja con su esposa, muy afectada; él también lo está, pero defiende la democracia, la justicia y la verdad. Aun así, duda, claudica a veces. Es interesante ver cómo las políticas, y también los individuos, pueden corromperse en situaciones complejas. La obra no te deja nada cerrado: no ofrece un final “limpio”, sino preguntas. Su gran ambigüedad es lo que la mantiene viva: ¿estamos ante un hecho tangible, ficción o no ficción? La memoria es una arena movediza: cada uno recuerda desde su propio punto de vista. En escena hay tres opiniones que se defienden a la vez.

Marcela Muñoz y Sándor Menéndez, en una escena de La muerte y la doncella

P: ¿Qué aportáis como compañía al texto (especialmente en este segundo montaje) y qué os aporta el
texto a vosotros?

M.M.: El autor es argentino-chileno, y aunque no se especifica el país, el trasfondo remite a Chile. Nuestra compañía es latina en Chicago, con miembros de distintos lugares. Aportamos diversidad de puntos de partida, acentos y ritmos, y, sobre todo, la búsqueda de lugares comunes a través de esa diversidad: eso es central para nosotros como compañía.

P: Es importante el hecho de que revisiteis la obra. Para quienes aún no la conocen, ¿qué
elementos escénicos trabajáis: espacio sonoro, luz, escenografía?

S.M.: La apuesta es muy simple: toda la acción se articula en torno a una mesa, casi una celda, que el personaje de Paulina convierte en el lugar donde retiene a su secuestrado. Hay una dinámica de entradas y salidas y monólogos breves de Paulina dentro de ese espacio de tensión. Los personajes entran en un juego maquiavélico, complejo, de reconocerse y desconocerse en la misma escena. En este reestreno se incorpora Oswaldo Calderón, por primera vez con nosotros, interpretando a Roberto Miranda; la comunicación con él ha sido muy fluida y saludable. En lo musical, hemos trabajado sobre sonatas de Schubert y, por supuesto, la pieza fundamental de la obra: La muerte y la doncella. Hasta ahora, esta temporada hemos hecho 20 funciones y la pieza ha funcionado muy bien en Chicago. El público nos dice algo que valoramos mucho: la obra arranca con tensión y no deja de crecer; sienten que algo raro ocurre y esa inquietud aumenta. Además, aunque el tema es duro, hay humor, la gente ríe a carcajadas en ciertos momentos, porque todo buen texto contiene matices que alivian y enriquecen.

«Como compañía latina en Estados Unidos, sentimos la responsabilidad de llevar estas historias allí donde aún resuenan; el escenario es nuestra forma de resistir y de recordar»

P: En el Corral de Comedias, hay una fuerte presencia latinoamericana. ¿Qué significa para vosotros, como compañía americana formada por latinoamericanos, llegar al Corral de Comedias de Alcalá de Henares?

M.M.: Es un honor. El Corral es un espacio mágico e histórico. El año pasado lo visitamos como turistas y como actores, hicimos el tour y sentimos esa energía. Compartimos el idioma y eso ya es un privilegio para nuestro trabajo. En lo cotidiano vivimos en inglés, pero con la compañía y en familia actuamos siempre en español. Es muy significativo habitar este escenario con nuestra voz.

P: Para terminar: ¿qué os gustaría que el público se llevara al salir del teatro? 

M.M.: Que se conmueva y se implique, que no se quede frío. Que la obra genere conversación y ganas de volver. Hacer teatro es, en el fondo, un intento de cambiar el mundo, aunque sea un poco.

S.M.: Y que el público reconozca que estas tragedias latinoamericanas y caribeñas también nos interpelan aquí. Es un tema complejo que nos toca a todos.



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