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Presentación

Vida en el teatro

Ante la avalancha de manifestaciones de la cultura de masas, profundamente influenciadas o determinadas por técnicas de reproducción, los amantes del teatro suelen subrayar su excepcionalidad aludiendo a su condición de espectáculo "en vivo" que tiene lugar, como la existencia misma, en una sucesión de instantes irrepetibles, en puro presente sin retorno. Tal es ciertamente una de sus cualidades más distintivas que entraña, sin embargo, una extraordinaria dificultad para sus intérpretes. En sentido estricto, para que esa condición se cumpla el actor ha de estar -como tan bien lo definió Eugenio Barba- continuamente "en vida", es decir en constante apelación y en ejercicio de todos sus resortes psicofísicos, sin posibilidad de distracción, en acrecentada presencia.

Es fácil de entender que si el Teatro, es decir los que lo aman y disfrutan, los que lo escriben, hacen o crean, no ha de resignarse a ser una reliquia cultural tendrá que extremar ese carácter de "en vivo" planteando a sus creadores la vieja cuestión del entrenamiento, de la afinación y conservación de las facultades psicofísicas básicas e imprescindibles de su oficio: la atención, la capacidad vocal, la imaginación física, el espíritu de juego, etc. Son precisamente esas facultades las que el tiempo con más ahínco erosiona y su merma reduce irremediablemente la capacidad de comunicación del intérprete. Si las células del cuerpo humano mueren y se renuevan en un ciclo constante, ¿no habría que prestar una atención preferencial a nuestro imprescindible bagaje técnico, físico y psíquico? Y a la renovación de nuestra disciplina artística, que se alimenta de la vida y respira a la par que su receptor, el público, mediante el diálogo con otros artistas, otras claves, otras culturas.

A mi entender el estímulo y acrecentamiento de las facultades del actor que permiten que lo irrepetible del teatro se manifieste no es alcanzable únicamente a partir de la formación -por buena que ésta haya podido ser- adquirida en un Conservatorio, la práctica consciente o la guía responsable de un maestro sino, más allá de todo esto, mediante el permanente aprendizaje y el entrenamiento adecuado a cada edad y atento a la conservación de las capacidades fundamentales de su hermoso oficio. De entre ellas, me gustaría significar, además, otras que hacen del teatro un arte vivo: la intención y urgencia de decir algo, de transmitir ideas y sentires particulares con relación a nuestro entorno y extenderlos al prójimo.

¿Puede uno imaginar a un gran intérprete musical, a un pintor, a un deportista excelente que no esté comprometido con una afinación continua de sus facultades? Sólo si cada uno se sigue cuestionando, sólo a través de una inagotable búsqueda, se mantendrá viva esa incandescencia en los actores, actrices, creadores: los ves arder, pero sin llamas, desde dentro. Y ésa es una energía que alumbra, que purifica y que se propaga: la energía que hay que hacer brotar en el teatro.

José Luis Gómez


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